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lunes, 17 de marzo de 2014

¿EXISTE UN TEATRO DOMINICANO?

 Base para una discusión 
Por
 IVÁN GARCÍA GUERRA 
Segunda Parte


A finales de los años 30 y principio de los 40, con la llegada de los refugiados españoles, tan importante para todas las artes dominicanas, se crea el “Teatro Escuela de Arte Nacional”, bajo la dirección de Emilio Aparicio. A partir de los montajes que éste realiza, aparecen nuevos dramaturgos que buscan ser premiados con la presentación de sus creaciones. Son ellos: Pedro René Contín Aybar, Carlos Curiel, Bienvenido Gimbernard, Manuel Marino Miniño, y una mujer, Delia Marrero de Muné.
Es el más importante de ese momento, José Manuel Gómez Dubreill, ido a destiempo, quien con sus obras: “Sombra Verde” y “La Trastienda”, trae un estilo más a la altura de lo que ya sucedía en otras partes del mundo.
Aún dentro de la tiranía, se inician los dramaturgos que podemos considerar modernos. Es el primero de ellos Franklin Domínguez, quién con su obra “Exodo”, escrita en el 1952, inicia el movimiento actual de nuestras letras teatrales. Entre las obras de éste, el más prolífico de nuestros dramaturgos de todas las épocas, están: “Los actores”, “Espigas Maduras”, “La Broma del Senador”, “El Último Instante”, “Se Busca un Hombre Honesto”, “Lisistrata Odia la Politica”, “Duarte Fundador de una República”, “Drogas”, “Antigona-Humor”, “El primer Voluntario de Junio”, “Duarte Entre los Niños”, “La Hora del Regreso”, “Cuando los héroes Quedaron solos”, “El Encuentro”, “El Vuelo de la Paloma”, “Bailemos ese Tango”, y “A mi Manera”.
Domínguez, es el único dominicano graduado de dramaturgia, y con una amplia experiencia como productor, director y hombre de teatro, domina, sin lugar a dudas la técnica de escritura de un texto dramático tradicional. Su producción diversa y dispareja, comprende comedias de todo tipo, melodramas y dramas. Sus más acabados logros están dentro de los dramas de aliento social y en sus despreocupadas farsas, alrededor de la política.
Cronológicamente, el segundo autor de esta generación es Manuel Rueda. Con sus obras “La Trinitaria Blanca”. “Vacaciones en el Cielo”, “La Tía Beatriz Hace un Milagro”, “Entre Alambradas”, “El Rey Clinejas” y “El Retablo de Juana la Loca”.
Este autor nos llega del mundo de la poesía, donde es una figura destacadísima. Aunque no podría considerarse un hombre de teatro, es uno de nuestros puntuales clásico – modernos, gracias a su amplia cultura que le concedió el dominio de la técnica dramatúrgica. Ésta, como en el caso de la “La Trinitaria Blanca”, está a veces al servicio de un espíritu auténtico y agradablemente pueblerino, o como en el caso de su “Juana”, merecedora del premio español “Tirso de Molina”, responde indudablemente a la universalidad.  Todas ellas participan de un insuperable dominio del lenguaje.
 Una corriente que se desarrolló más bien al final de la dictadura es el teatro en verso de aliento trágico griego. Tres magníficos poetas se inscribieron en ella. Son:
Franklin Mieses Burgos, con sus obras: “Medea”, “El Héroe” y “La Ciudad Inefable” (Las cuales no han sido rescatadas para la escena); Héctor Incháustegui Cabral, con su trilogía: “Miedo en un puñado de polvo”: integrada por las obras: “Prometeo”, “Hipólito” y “Filoctetes”; y la tercera es una mujer: Aída Cartagena Portalatín, con su obra “Odio total Euménides”, que puede haber desaparecido. Todos ellos han fallecido, de los tres, el más importante es Incháustegui, quien, aunque algo discursivo en sus diálogos, posee una acertada concepción de la dramaturgia.
Para esa época compartieron con los nativos dominicanos dos españoles que escribieron teatro con alguna temática local. Son ellos José María García Rodríguez, con los “Gavilleros” y otras obras similares, Carlos Esteban Deive, con “Tiberio”, “El Hombre que Nunca Llegaba” y “Los Señores Imperiales”. Luego de varios años ausente de la escritura escénica, ha escrito una formidable obra: “Quién se atreve con un entremés de Cristóbal de Llerena”, ganadora del primer lugar en el concurso de Casa de Teatro, versión del 1965.
Luego de la explosión de libertad que constituyó la muerte de Trujillo, además de los anteriormente citados, que continuaron escribiendo teatro, apareció un grupo de nuevos dramaturgos, que prácticamente se iniciaron alrededor del “1er. Festival de Teatro Dominicano” celebrado en el 1963, durante el gobierno de Juan Bosch. Fueron ellos: Máximo Avilés Blonda, con sus obras: “Las Manos Vacías”, “La otra Estrella en el Cielo”, “Yo Bertolt Brecht”, “Pirámide 179” y “Bocaccio”, en proceso de recuperación; Marció Veloz Maggiolo, autor de “Creonte”, e “Y Después las Cenizas”, mas “El Cancer Nuestro de Cada Día”, también pendiente de rescate; Rafael Vázquez, autor de “Sueños de Gente Común”, y “¿Estamos de Acuerdo?... Sí Señor”, Rafael Añez Bergés,  con “Una Gaveta para Muchos Sueños”, y “Los Ojos Grises del Ahorcado”, entre otras, todas ellas aparentemente perdidas; e Iván García, con “Más Allá de la Búsqueda”, “Don Quijote de Todo el Mundo”, “Un Héroe Más para la Mitología”, “Los Hijos del Fénix”, “Fábula de los Cinco Caminante”, “Los Tiranos”, “Muerte del Héroe”, “Interioridades”, “Andrómaca”, “Soberbia”, “Natifixón”, “Un Puente a la Esperanza”, “Paréntesis (entre la paz y la paz)”, “Siglo XX” y “Vivir, buena razón”, entre otras. Un poco después surgieron Carlos Acevedo, escritor de los “Clavos”, “Momo”, “Sisifo”, “Gilgames” y algunas más, de las cuales la única que ha sido montada repetidas veces es la primera; Efraín Castillo, escritor, entre otras obras, de “Viaje de Regreso”, “La Muñeca de Gysina” y “Los Lectores del Desván”.
De este grupo, Blonda y Acevedo ya no están físicamente con nosotros. Y a excepción de García y Castillo, el resto no ha vuelto a escribir teatro luego de aquel brillante momento.
Iván García Guerra introduce en nuestro país las técnicas modernas de su ép0ca de inicio. Sus temas son marcadamente sociales y responden a una denuncia de los vicios de las clases gobernantes, con una proyección de los problemas que estas crean en el pueblo. En casi la totalidad de sus obras vemos los estragos producidos por la situación política en la psicología colectiva, representada ésta por individuos o con personajes alegóricos. Su lenguaje es poético y simbólico.
Efraín Castillo escribe un teatro culto, que se entronca con las técnicas de su tiempo. A pesar de no participar activamente en el mundo teatral, como en el caso de Rueda, sus conocimientos culturales y algo que podríamos llamar sexto sentido, lo convierten en una importante pieza de nuestra dramaturgia.
En una generación más reciente están: Haffe Serulle, autor, entre otras obras de: “El Horno de la Talega”, “Leyenda de un Pueblo que Nació sin Cabeza”, “Prostitución en la Casa de Dios”, “Pedro Santana”, “Duarte”, “La Danza de Mingo”, y “El Violinista”; Rubén Echavarría, con un solo texto hasta el momento: “La Obra sin Nombre”, Jaime Lucero, Fallecido, quien escribió: “Mamasié”, “Los Gavilleros”, “Pap+a Liborio” y “Cuentos del Callejón de la Yaya”, Jesús Rivera, con sus piezas: “Vivencias de un Nuevo Barrio” y “El Condenado”, Reynaldo Disla, con “Retablo Vivo del Doce de Octubre”, “las Despoblaciones”, “Bolo Francisco”, “Rudy”, “Capitulo 72” y muchas más; Frank Disla, hermano de este último, residente en Nueva York, con obras sobre los “Dominicanos”, como: “El Último Son”, Aquiles Julián, autor de: “Hay un Ángel Caído en Primer Plano”, de quien desconocemos nuevas producciones; Joseph Cáceres, con “Tataiba” y Carlos Castro, que ha producido entre otras, “El Gran Juego” y “Roca la Tumba”.
Entre ellos, Jaime Lucero fue, en su momento, quien más se acercó a un teatro de la factura popular citadina.
Haffe Serulle, de un estilo muy peculiar, nos trae un teatro con herencia de Giono y a lgo de Weiss, en el cual se alternan tintes de agitación social con un introspectivo vuelo poético, que lo convierte en algo en cierta manera críptico aunque de intención popular.
Reynaldo Disla, otro autor de personalidad destacada y muy conocedor del teatro vivo, tiene otro tipo de similaridades más a lo Ghelderode o valleinclanesco; pero su teatro es mucho más efectivo en cuanto a su proyección con las audiencias.
A partir de la llegada al país de venezolano Romulo Rivas, se desarrollaron las agrupaciones: Grupo Gratey, con “Mi Primera Manifestación” y “Regina Express”; y Grupo Gayumba, con “Las Artimañas”, “La Urna”, “Huelga”, que trabajaron más bien con creaciones colectivas; y “Las Cuatro Puntas”, conformada por las agrupaciones: Teatro Estudiantil, Teatro Obrero, Tercer Grupo y Cirulo Escena, que produjeron espectáculos sin texto básicos. Salvo Gayumba, reducido fundamentalmente a dos personas, Manuel Chapuseaux y su esposa Nives Santana, los demás desaparecieron más temprano que tarde.
Otras manifestaciones del mismo estilo, que se desarrollaron básicamente en el período de los doce años de Balaguer, fueron: Grupo Tetraico, con “Fanobrero”; Hombre Escena, con “La Mariposa que Quiso Volar a la Luna” y Grupo Chispas, con “Así en el Cielo como en la Tierra”.
Para esa época también están presentes: Carlos Campos, español con “Hágase la Mujer” y alguna otra obra; León David, con “La Noche de los Escombros”; y Otto Coro, de origen venezolano, con “RR”.
Una autora nacida en Santiago de Cuba que ha estado presente en la escena dominicana es Carmen Quidiello de Bosch, autora de las obras “El Peregrino”, “Alguien Espera Junto al Puente”, “La Eterna Eva y el Insoportable Adán”.
De las generaciones más recientes están: Manuel Chapuseaux, Ya mencionado, autor de “Cuentos de Pedro Urdemalas”, “Pin, Pan, Pon, Qupe Gracioso es Calderón”, “Don Quijote y Sancho Panza”, “El Lazarillo” y “Cazadores del Arca Perdida”, casi todas provenientes de clásicos españoles; Giovanni Cruz, autor de “Jesús del Caimito”, “Amanda”, “La Virgen de los Narcisos”, “El Sucesor”, “Los Diablos”, “Drácula” y algunas más; Arturo Rodríguez Fernández, autor entre otras de “Cordón Umbilical”, “Todos menos Elizabeth”, “Refugio para Cobardes”, “Hoy No Toca la Pianista Gorda”, “Parecido a Sebastián”, “Palmeras al Viento” y “Las Vecinas de Enfrente”; William Mejía, proveniente de Azua, con obras como “Encuentro en la Astronave”; José Adolfo Pichardo, residente en Santiago, con “Alas e Invierno” y muchas más; Carlos Burgos, venido de la Vega, con “Rosas Para Leopardi” y otras; Rafael García, interesante autor del Cibao; Danilo Taveras, con “Consuelo y Rafael”; y cuatro noveles dramaturgas: María Corsino, con “La Viuda Negra”; Chiqui Vicioso, con “Wish-ky Sour” y “Salomé”; Elizabeth Ovalle Y Libertad Decamps, con “Se Solicita Empleado” y otras.
En los últimos años se ha iniciado una interesante y crecida generación de jóvenes y no tan jóvenes, producto de la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD), y de talleres privados. Hace cierto tiempo fue publicado un tomo con 22 obras dramáticas de igual número de bisoños dramaturgos, productos de dos talleres impartidos en Santiago.

Continua.

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