"En el teatro, la responsabilidad del actor por su papel y su
función dentro de la representación es mucho mayor que en el cine"
Un medio para educar, divertir, entretener, enseñar y hacer pensar; como la misma esencia y fin del teatro.
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viernes, 21 de marzo de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
¿EXISTE UN TEATRO DOMINICANO?
Base para una discusión
Por
IVÁN GARCÍA GUERRA
Segunda Parte
A finales de los años 30 y principio de los 40, con la llegada de los
refugiados españoles, tan importante para todas las artes dominicanas, se crea
el “Teatro Escuela de Arte Nacional”, bajo la dirección de Emilio Aparicio. A
partir de los montajes que éste realiza, aparecen nuevos dramaturgos que buscan
ser premiados con la presentación de sus creaciones. Son ellos: Pedro René
Contín Aybar, Carlos Curiel, Bienvenido Gimbernard, Manuel Marino Miniño, y una
mujer, Delia Marrero de Muné.
Es el más importante de ese momento, José Manuel Gómez Dubreill, ido a
destiempo, quien con sus obras: “Sombra Verde” y “La Trastienda”, trae un
estilo más a la altura de lo que ya sucedía en otras partes del mundo.
Aún dentro de la tiranía, se inician los dramaturgos que podemos
considerar modernos. Es el primero de ellos Franklin Domínguez, quién con su
obra “Exodo”, escrita en el 1952, inicia el movimiento actual de nuestras letras
teatrales. Entre las obras de éste, el más prolífico de nuestros dramaturgos de
todas las épocas, están: “Los actores”, “Espigas Maduras”, “La Broma del
Senador”, “El Último Instante”, “Se Busca un Hombre Honesto”, “Lisistrata Odia
la Politica”, “Duarte Fundador de una República”, “Drogas”, “Antigona-Humor”,
“El primer Voluntario de Junio”, “Duarte Entre los Niños”, “La Hora del
Regreso”, “Cuando los héroes Quedaron solos”, “El Encuentro”, “El Vuelo de la
Paloma”, “Bailemos ese Tango”, y “A mi Manera”.
Domínguez, es el único dominicano graduado de dramaturgia, y con una
amplia experiencia como productor, director y hombre de teatro, domina, sin
lugar a dudas la técnica de escritura de un texto dramático tradicional. Su
producción diversa y dispareja, comprende comedias de todo tipo, melodramas y
dramas. Sus más acabados logros están dentro de los dramas de aliento social y
en sus despreocupadas farsas, alrededor de la política.
Cronológicamente, el segundo autor de esta generación es Manuel Rueda.
Con sus obras “La Trinitaria Blanca”. “Vacaciones en el Cielo”, “La Tía Beatriz
Hace un Milagro”, “Entre Alambradas”, “El Rey Clinejas” y “El Retablo de Juana
la Loca”.
Este autor nos llega del mundo de la poesía, donde es una figura
destacadísima. Aunque no podría considerarse un hombre de teatro, es uno de
nuestros puntuales clásico – modernos, gracias a su amplia cultura que le
concedió el dominio de la técnica dramatúrgica. Ésta, como en el caso de la “La
Trinitaria Blanca”, está a veces al servicio de un espíritu auténtico y
agradablemente pueblerino, o como en el caso de su “Juana”, merecedora del
premio español “Tirso de Molina”, responde indudablemente a la
universalidad. Todas ellas participan de
un insuperable dominio del lenguaje.
Una corriente que se desarrolló
más bien al final de la dictadura es el teatro en verso de aliento trágico
griego. Tres magníficos poetas se inscribieron en ella. Son:
Franklin Mieses Burgos, con sus obras: “Medea”, “El Héroe” y “La Ciudad
Inefable” (Las cuales no han sido rescatadas para la escena); Héctor
Incháustegui Cabral, con su trilogía: “Miedo en un puñado de polvo”: integrada
por las obras: “Prometeo”, “Hipólito” y “Filoctetes”; y la tercera es una
mujer: Aída Cartagena Portalatín, con su obra “Odio total Euménides”, que puede
haber desaparecido. Todos ellos han fallecido, de los tres, el más importante
es Incháustegui, quien, aunque algo discursivo en sus diálogos, posee una
acertada concepción de la dramaturgia.
Para esa época compartieron con los nativos dominicanos dos españoles que
escribieron teatro con alguna temática local. Son ellos José María García
Rodríguez, con los “Gavilleros” y otras obras similares, Carlos Esteban Deive,
con “Tiberio”, “El Hombre que Nunca Llegaba” y “Los Señores Imperiales”. Luego
de varios años ausente de la escritura escénica, ha escrito una formidable
obra: “Quién se atreve con un entremés de Cristóbal de Llerena”, ganadora del
primer lugar en el concurso de Casa de Teatro, versión del 1965.
Luego de la explosión de libertad que constituyó la muerte de Trujillo,
además de los anteriormente citados, que continuaron escribiendo teatro,
apareció un grupo de nuevos dramaturgos, que prácticamente se iniciaron
alrededor del “1er. Festival de Teatro Dominicano” celebrado en el 1963,
durante el gobierno de Juan Bosch. Fueron ellos: Máximo Avilés Blonda, con sus
obras: “Las Manos Vacías”, “La otra Estrella en el Cielo”, “Yo Bertolt Brecht”,
“Pirámide 179” y “Bocaccio”, en proceso de recuperación; Marció Veloz Maggiolo,
autor de “Creonte”, e “Y Después las Cenizas”, mas “El Cancer Nuestro de Cada
Día”, también pendiente de rescate; Rafael Vázquez, autor de “Sueños de Gente
Común”, y “¿Estamos de Acuerdo?... Sí Señor”, Rafael Añez Bergés, con “Una Gaveta para Muchos Sueños”, y “Los
Ojos Grises del Ahorcado”, entre otras, todas ellas aparentemente perdidas; e
Iván García, con “Más Allá de la Búsqueda”, “Don Quijote de Todo el Mundo”, “Un
Héroe Más para la Mitología”, “Los Hijos del Fénix”, “Fábula de los Cinco
Caminante”, “Los Tiranos”, “Muerte del Héroe”, “Interioridades”, “Andrómaca”,
“Soberbia”, “Natifixón”, “Un Puente a la Esperanza”, “Paréntesis (entre la paz
y la paz)”, “Siglo XX” y “Vivir, buena razón”, entre otras. Un poco después surgieron
Carlos Acevedo, escritor de los “Clavos”, “Momo”, “Sisifo”, “Gilgames” y
algunas más, de las cuales la única que ha sido montada repetidas veces es la
primera; Efraín Castillo, escritor, entre otras obras, de “Viaje de Regreso”,
“La Muñeca de Gysina” y “Los Lectores del Desván”.
De este grupo, Blonda y Acevedo ya no están físicamente con nosotros. Y a
excepción de García y Castillo, el resto no ha vuelto a escribir teatro luego
de aquel brillante momento.
Iván García Guerra introduce en nuestro país las técnicas modernas de su
ép0ca de inicio. Sus temas son marcadamente sociales y responden a una denuncia
de los vicios de las clases gobernantes, con una proyección de los problemas
que estas crean en el pueblo. En casi la totalidad de sus obras vemos los
estragos producidos por la situación política en la psicología colectiva,
representada ésta por individuos o con personajes alegóricos. Su lenguaje es
poético y simbólico.
Efraín Castillo escribe un teatro culto, que se entronca con las técnicas
de su tiempo. A pesar de no participar activamente en el mundo teatral, como en
el caso de Rueda, sus conocimientos culturales y algo que podríamos llamar
sexto sentido, lo convierten en una importante pieza de nuestra dramaturgia.
En una generación más reciente están: Haffe Serulle, autor, entre otras
obras de: “El Horno de la Talega”, “Leyenda de un Pueblo que Nació sin Cabeza”,
“Prostitución en la Casa de Dios”, “Pedro Santana”, “Duarte”, “La Danza de
Mingo”, y “El Violinista”; Rubén Echavarría, con un solo texto hasta el momento:
“La Obra sin Nombre”, Jaime Lucero, Fallecido, quien escribió: “Mamasié”, “Los
Gavilleros”, “Pap+a Liborio” y “Cuentos del Callejón de la Yaya”, Jesús Rivera,
con sus piezas: “Vivencias de un Nuevo Barrio” y “El Condenado”, Reynaldo Disla,
con “Retablo Vivo del Doce de Octubre”, “las Despoblaciones”, “Bolo Francisco”,
“Rudy”, “Capitulo 72” y muchas más; Frank Disla, hermano de este último,
residente en Nueva York, con obras sobre los “Dominicanos”, como: “El Último
Son”, Aquiles Julián, autor de: “Hay un Ángel Caído en Primer Plano”, de quien
desconocemos nuevas producciones; Joseph Cáceres, con “Tataiba” y Carlos
Castro, que ha producido entre otras, “El Gran Juego” y “Roca la Tumba”.
Entre ellos, Jaime Lucero fue, en su momento, quien más se acercó a un
teatro de la factura popular citadina.
Haffe Serulle, de un estilo muy peculiar, nos trae un teatro con herencia
de Giono y a lgo de Weiss, en el cual se alternan tintes de agitación social
con un introspectivo vuelo poético, que lo convierte en algo en cierta manera
críptico aunque de intención popular.
Reynaldo Disla, otro autor de personalidad destacada y muy conocedor del
teatro vivo, tiene otro tipo de similaridades más a lo Ghelderode o
valleinclanesco; pero su teatro es mucho más efectivo en cuanto a su proyección
con las audiencias.
A partir de la llegada al país de venezolano Romulo Rivas, se
desarrollaron las agrupaciones: Grupo Gratey, con “Mi Primera Manifestación” y
“Regina Express”; y Grupo Gayumba, con “Las Artimañas”, “La Urna”, “Huelga”,
que trabajaron más bien con creaciones colectivas; y “Las Cuatro Puntas”,
conformada por las agrupaciones: Teatro Estudiantil, Teatro Obrero, Tercer
Grupo y Cirulo Escena, que produjeron espectáculos sin texto básicos. Salvo
Gayumba, reducido fundamentalmente a dos personas, Manuel Chapuseaux y su
esposa Nives Santana, los demás desaparecieron más temprano que tarde.
Otras manifestaciones del mismo estilo, que se desarrollaron básicamente
en el período de los doce años de Balaguer, fueron: Grupo Tetraico, con
“Fanobrero”; Hombre Escena, con “La Mariposa que Quiso Volar a la Luna” y Grupo
Chispas, con “Así en el Cielo como en la Tierra”.
Para esa época también están presentes: Carlos Campos, español con
“Hágase la Mujer” y alguna otra obra; León David, con “La Noche de los
Escombros”; y Otto Coro, de origen venezolano, con “RR”.
Una autora nacida en Santiago de Cuba que ha estado presente en la escena
dominicana es Carmen Quidiello de Bosch, autora de las obras “El Peregrino”,
“Alguien Espera Junto al Puente”, “La Eterna Eva y el Insoportable Adán”.
De las generaciones más recientes están: Manuel Chapuseaux, Ya
mencionado, autor de “Cuentos de Pedro Urdemalas”, “Pin, Pan, Pon, Qupe
Gracioso es Calderón”, “Don Quijote y Sancho Panza”, “El Lazarillo” y
“Cazadores del Arca Perdida”, casi todas provenientes de clásicos españoles;
Giovanni Cruz, autor de “Jesús del Caimito”, “Amanda”, “La Virgen de los
Narcisos”, “El Sucesor”, “Los Diablos”, “Drácula” y algunas más; Arturo
Rodríguez Fernández, autor entre otras de “Cordón Umbilical”, “Todos menos
Elizabeth”, “Refugio para Cobardes”, “Hoy No Toca la Pianista Gorda”, “Parecido
a Sebastián”, “Palmeras al Viento” y “Las Vecinas de Enfrente”; William Mejía,
proveniente de Azua, con obras como “Encuentro en la Astronave”; José Adolfo
Pichardo, residente en Santiago, con “Alas e Invierno” y muchas más; Carlos
Burgos, venido de la Vega, con “Rosas Para Leopardi” y otras; Rafael García,
interesante autor del Cibao; Danilo Taveras, con “Consuelo y Rafael”; y cuatro
noveles dramaturgas: María Corsino, con “La Viuda Negra”; Chiqui Vicioso, con
“Wish-ky Sour” y “Salomé”; Elizabeth Ovalle Y Libertad Decamps, con “Se
Solicita Empleado” y otras.
En los últimos años se ha iniciado una interesante y crecida generación
de jóvenes y no tan jóvenes, producto de la Escuela Nacional de Arte Dramático
(ENAD), y de talleres privados. Hace cierto tiempo fue publicado un tomo con 22
obras dramáticas de igual número de bisoños dramaturgos, productos de dos
talleres impartidos en Santiago.
Continua.
domingo, 16 de marzo de 2014
Tragicomedia de Don Duardos, de Gil Vicente.
La obra comienza con el emperador acompañado de la corte real de Palmerín: la emperatriz, la princesa Flérida, sus damas de compañía: Artada y Amandria; Don Robusto y Primaleón. Entra Don Duardos denunciando ante el rey que su hijo, Primaleón, ha matado a Periquín, amado de Gridonia, y ahora esta está muriendo de amor. Primaleón se identifica a Don Duardos y luego de una breve discusión comienza a batirse en duelo con él, a lo que el rey, viendo lo fiero del enfrentamiento, reacciona diciéndole a Flérida que los detenga. Flérida les pide que terminen la pelea en ese instante y dice a Duardos que sea él primero quien se detenga. Duardos accede a la petición de Flérida, asegurando que lo hace por ella y no por miedo y ni siquiera por Dios. Salen Duardos y Primaléon de escena.
Entra Camilote, alabando la
belleza de Maimonda, mujer excesivamente fea. Elogia tanto a Maimonda que
termina por molestar a los presentes e insultando la belleza de Flérida, por lo
cual don Robusto lo reta a duelo y recibe el consentimiento del rey para que
esto suceda y asegura que él va a presenciar el encuentro. Salen de escena.
Duardos quedó prendado de la
imagen de Flérida y acude en busca de ayuda donde la infanta Olinba quien le da
una copa para conquistar el amor de la princesa y le aconseja tener paciencia y
trazar una estrategia más efectiva que todas las hazañas heroicas en las que él
antes ha intervenido. Este se pone de acuerdo con los siervos de la hortaliza
del castillo para que estos le permitan hacerse pasar como hijo suyo y se hace
llamar Julián, todo para estar cerca de Flérida cuando esta salga a los patios
del castillo.
Las próximas escenas muestran el
galanteo de Duardos, haciéndose pasar por Julián, enamorando a Flérida, quien a
su vez se siente atraída por él desde la primera vez que este entró a la corte
del rey, pero ella no supo su nombre y no lo reconoce vestido de obrero. Intenta
hacer que Duardo revele su identidad pero este insiste en decir que él es tan solo un simple obrero.
Ella se ausenta por tres días, en los cuales no visita la hortaliza,
pretendiendo presionarlo a que revele su nombre, ya que ella está tan enamorada
de él como él de ella. Duardos la cita secretamente y a solas en la noche, prometiéndole
que le dirá quién es él.
Sale un mensajero que informa que
Camilote había matado a don Robusto y a otros caballeros, en defensa de su
Maimonda y en contra de aquellos que defienden el honor de Flérida, que Duardos
enfrentó y mató a Camilote pues no pudo dejar de defender a su amada Flérida ni
permitir que mancillen su honor.
Al final Flérida accede a las
pretensiones de Duardo y, aunque se ha dado cuenta que él no es un jornalero ni
villano, debido a su educación y su osadía al hablarle, le confiesa su amor aún
sin saber a quien lo hace, esto a insistencia de Duardos quien desea escuchar
que ella lo ama aunque no fuera un príncipe. Luego de la aceptación de Flérida,
Duardos le confiesa que él es un hombre de la realeza inglesa y que ambos
regresarán a su tierra donde ella será feliz con él viviendo en un lujoso
castillo digno de su belleza.
En general la obra es más bien
una sátira a la vida monárquica que en ocasiones se ve ridiculizada, pero en el
fondo está plagada de actos y declaraciones románticas, que es la verdadera
esencia de esta tragicomedia.
Gil Vicente (1465-1536), autor de
la misma, es considerado el padre del teatro en Portugal. Su obra “El Monólogo
del Vaquero”, es una de las primeras muestras de teatro que alcanzó relieve en
la sociedad portuguesa del siglo XVI, a pesar de que existen noticias de obras portuguesas
tan lejanas como el siglo XIII, sin embargo, Gil Vicente, autor prolífero,
realmente marca un antes y un después en la historia del teatro en esa nación
europea.
jueves, 20 de febrero de 2014
Laurencia de Fuenteovejuna.
La protagonista de la obra “Fuenteovejuna”, de Lope de Vega, es Laurencia, una joven “villana” (se denominaba villano o villana a las personas carentes de nobleza y/o título jerárquico que habitaban en llanos o aldeas), hija de Esteban, el alcalde del pueblo de Fuenteovejuna. El Comendador, máxima autoridad del pueblo, intenta convencer a Laurencia para que acepte sus propuestas amorosas que son rechazadas constantemente por la joven. El alcalde concede a Frondoso, pretendiente de Laurencia que ha encontrado agrado a los ojos de la joven, el permiso de desposar a su hija. Es en medio de la celebración de la boda que el Comendador llega y rapta a Laurencia ante la impotencia de todos, mandando a Frondoso a la cárcel.
Luego,
Laurencia le reprocha a su padre por no haber intervenido para evitar su
violación y le recrimina a él y a los hombres del pueblo por no enfrentar
al Comendador para ponerle fin a sus abusos sexuales y de poder. Los
sentimientos de Laurencia son de rabia y reprensión hacia los hombres del
pueblo. En su monólogo, le reprocha a su padre, Esteban, no haber impedido su
violación, transformándose en una líder decidida a tomar venganza y a no
permitir que esto suceda de nuevo con otras jóvenes. Encabeza la rebelión en
contra del Comendador, una actitud que no era propia de una mujer del Siglo de
Oro. Decide tomar el control de su destino y cambiarlo, en vez de resignarse a
ser enviada a un convento o morir, ya que esa era la costumbre y ley en esa
época.
Laurencia
estaba cansada de los abusos del Comendador y entendió que podía y debía
apoyarse en el pueblo, principalmente en las mujeres, para ejecutar su venganza
y tomar la justicia en sus propias manos y de los que la apoyaren, debido a que
no era la primera vez que este hacía uso de su poder para ultrajar a las
mujeres que lo rechazaban. También estaba la actitud pusilánime y servil de su
padre y otros hombres del pueblo, quienes habían permitido estos abusos
anteriormente. Todo esto encendió la ira de esta joven que ya mostraba valentía
y arrojo antes del terrible suceso que le aconteció. Ella encabeza una rebelión
llamando a las mujeres del pueblo a unirse para enfrentar al Comendador,
lo que trae como consecuencia la unión de los hombres a esta rebelión, todo
termina con la muerte del Comendador. El pueblo se unió para dar una sola
respuesta:, Fuenteovejuna mató al Comendador “todos a una”. Los Reyes Católicos
terminan perdonando al pueblo al no encontrar un culpable específico.
Lope
de Vega como autor creativo y complejo en la cantidad de diferentes escenas y
personajes, sale de lo tradicional que se esperaba con el personaje de
Laurencia, usando la valentía de la joven como un ejemplo para otras jóvenes de
aquel tiempo que se resignaban a su destino y a su suerte como si la vida
hubiera acabado para ellas. Esta obra le da un sentido diferente al papel de la
mujer, dejando de lado al papel tradicional del hombre como protector. Para
Laurencia la vida inició en otra etapa al lado de su esposo Frondoso.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Amor es la palabra clave.
Si
verdaderamente amas algo… quieres tenerlo. Sabes que puedes tenerlo, porque es
parte de ti aquello que amas de verdad.
Ama lo que
eres, lo que haces, lo que sientes., sin condicionarlo al éxito material, más
bien, siembra semillas de amor espiritual a todos a tu alrededor y haz de tu
vida un inmenso jardín de amor.
ama tu
trabajo, tu tiempo, porque es una extensión de tu vida. Ama la vida, porque la
vida eres tú.
Vive porque
quieres vivir, puedes sentir la vida fluir a través de ti repleta de amor y
deseas lo mismo a tus semejantes. En eso
radica todo el poder que necesitas para sentirte pleno(a) y feliz.
jueves, 14 de noviembre de 2013
¿EXISTE UN TEATRO DOMINICANO?
Base para
una discusión
Por
IVÁN GARCÍA
GUERRA
Primera
Parte
Muchos dicen que carecemos de un teatro propio, y es esa opinión la base
del presente trabajo. Yo en cambio, sostengo que somos bastante ricos en una
producción teatral autóctona (aunque sea corta por razones históricas), que no
somos especialmente dependientes de ninguna extranjería; y que podemos
sentirnos orgullosos del haber escénico de nuestro país.
Existe una prehistoria teatral
dominicana en la cual hay reseñas de desconocidos areítos entre la mayoría de
los habitantes autóctonos de la isla, los taínos. Esta actividad fue más bien
rito que arte, como en el caso de la Grecia preclásica, antes de la llegada de
Tespis y los otros.
Después, durante el período colonial,
se identifica y conserva en nuestro territorio una sola creación dramatúrgica,
el “Entremés de Llerena”, que podría ser tan sólo un fragmento de algo más
largo y mejor elaborado. Además, de ese largo período de más de tres siglos, se
conoce la referencia de algunos cuantos montajes realizados por estudiantes
diletantes en la búsqueda de simple entretenimiento popular.
En la etapa de la dominación haitiana
(1822-1844), destacan las presentaciones de la “Dramática”, una filial de la
organización patriótica “La Trinitaria”, la cual se ocupó de crear conciencia
de la situación de esclavitud a que estábamos reducidos, y de producir una
valiente labor de agitación en contra de los invasores. Se conoce el nombre de
tres obras europeas; y aunque hay algunas informaciones imprecisas sobre textos
dominicanos; nada se puede asegurar por el momento.
Luego, desde la Independencia en el
1944, y hasta el 1917, se desarrolla un intenso movimiento en el cual
narradores y poetas incursionan en el arte teatral. Sólo algunos de ellos
podrían aceptarse como dramaturgos.
Es el primero, realmente, Félix María
Delmonte, a quien podemos considerar el padre de la dramaturgia dominicana, por
su texto “Las Victimas del 11 de Abril o Antonio Duvergé”, escrita
aproximadamente en el 1856. Esta obra, además de ser la que inicia la
producción literaria dramática local, plantea un problema social; tema que se
constituye en una constante de nuestra creación escénica hasta la actualidad.
Escribirá posteriormente otras piezas, entre ellas una indigenista y una
musical, estilos que también tendrían amplia representación posterior.
Entre los que incursionan en el
teatro estuvieron: Federico Henríquez y Carvajal, Manuel de Jesús Rodríguez
Montaño, José Joaquín Pérez, Américo Lugo, Manuel de Jesús Javier García,
Javier Angulo Guridi, José Audilio Santana, José Francisco Pellerano, Rafael
Octavio Galán, Tulio M. Cestero, Félix María Pérez Sánchez, Renato D´Soto,
Francisco Gregorio Billini, César Nicolás Penson y Cristóbal Díaz.
Merece especial mención Ulises
Heureaux hijo, no por la calidad de su trabajo, para mí desconocida, ni por que
aportara nada al concepto de un estilo nacional (casi todas sus obras estaba
construidas a la manera de la “comedia bien hecha” francesa), sino por haberse
constituido en un hombre de teatro con bastante amplia producción.
Ya en los albores de nuestro siglo
otros literatos se deslizan al arte de las tablas. Entre ellos: Gastón Fernando
Deligne, Rafael Deligne, Arturo Pellerano Castro, José María Jiménez, José
Ramón López, Vetilio Arredondo, Juan García Malagón, Adalberto Chapuseaux,
Federico Llaverías, Alfonos Matos, Arístides Fiallo Cabral y Gustavo Antonio
Díaz. Todos ellos, aunque traten temas localistas y hasta folklóricos, escriben
un teatro de textura españolizante.
Cabe destacar dentro del mismo
periodo la aparición de las tres primeras dramaturgas dominicanas. Son ellas:
Virginia Elena Ortea, Isabel Amechazurra Viuda Pellerano y Melia Delgado de
Pantaleón.
En el período de la primera invasión
norteamericana, el teatro es vuelto a usarse con intención política, con
marcado sabor localista y/o en contra del imperialismo. Entre ellos destaca:
Rafael Damirón, con una producción considerable.
Otros nombres son: Ricardo Pérez
Alfonseca, Apolinar Perdomo, Enrique Montaño hijo, Félix Sauri, Salvador
Sturla, Porfirio García Lluberes, Domingo Villalba, Luis Eduardo Betances,
Federico Bermúdez, Roberto Mateizán, José Narciso Solá (padre de nuestra
priemra actriz Monina Solá), Fabio fiallo, el español Juan José Llovet, Julio
Arzeno, Aquiles Zorda y Fernando Arturo Pellerano. Todos ellos además de las
obras con aliento social, escribieron comedias y un teatro algo intimista.
Para esa época. Pedro Henríquez
Ureña, con su obra “El nacimiento de Dionisos”, presenta el tema griego, que
muchos años después tendrá un fuerte repunte.
Ya en la era de Trujillo se realiza
una producción para el teatro, aunque ésta no llegara a realizarse
frecuentemente mediante montajes. Sus temas van desde el localismo y el
folklorismo hasta el neoromanticismo. Son los autores: Julio Vega Batlle,
Armando Oscar pacheco, Cristian Lugo, Miguel Ángel Jiménez y Javier García.
Otras tres mujeres incursionan en la
dramaturgia para ese tiempo. Ellas son: Ana Jimena Yépez, Delia Weber y Delia
Quezada.
Continúa…
El Teatro a los pies de Cristo.
El poderoso imperio romano dominaba absolutamente todo en las regiones aledañas a Judea. Los tributos que debían pagar los judíos al César (Mateo 22:16-21) mantenían oprimidos a los hombres y mujeres menos privilegiados de toda esa región y por si fuera poco tenían la Ley de Moisés, interpretada a su manera por los fariseos (Mateo 23:2-4) y saduceos que representaban la supuesta teocracia que caracterizaba la forma de vivir de los descendientes de Abraham. Herodes, rey de Judea en tiempos del nacimiento de Jesús (Mateo 2:1), impuesto por los romanos al pueblo israelí, provenía del linaje de los edomitas, descendientes de Esaú, razón suficiente para que el pueblo judío considerara una ignominia el hecho que un extranjero fuera su rey. Sumado a la matanza de niños inocentes que Herodes había llevado a cabo en procura de matar a Jesús (Mateo 2:16)… era más de lo que un pueblo tan orgulloso como Israel podía soportar: Más de seis décadas de dominio romano; un procurador, Poncio Pilato, al servicio del imperio y sobre quien reposaba la ejecución de las leyes; hambre, plagas y el desconsuelo de un pueblo que veía cada día como sus esperanzas se perdían en el vacío de aquel panorama tan desolador.
Así se mostraba el ámbito donde Jesús nació, creció y, ya de adulto, puso en marcha su ministerio de predicación del evangelio acerca del reino de Dios. Era de esperarse que muchos, al escuchar acerca de la llegada del Mesías, pensaran que serían librados del yugo romano, que todas las cosas cambiarían de repente y encontrarían reconciliación con el Dios de sus antepasados. Muertos fueron resucitados, paralíticos se ponían de pie y caminaban, leprosos eran sanados, ciegos que veían, demonios expulsados y la multitud que seguía al Salvador (Lucas 7:21-22; Juan 6:2). Una multitud tan grande que preocupaba excesivamente a los principales de las iglesias que controlaban la religiosidad impuesta al pueblo en el nombre de Dios. Aquellos milagros fueron muestras de misericordia del Mesías. No eran las señales que pedía la generación adúltera de fariseos y saduceos (Mateo 16:4), tampoco una necesidad del Señor por mostrar su poder. Aquellos milagros manifestaban el amor de Dios para con sus hijos, la salvación dada por gracia a todo aquel que reconocía en Jesús al cordero de Dios que profetizaban las escrituras (Isaías 53:7) y se rendían ante sus pies como muestra de adoración. Una muestra indeleble del amor de Dios.
Hoy en día, más de dos mil años después de la llegada del Mesías, quedan criaturas en el mundo a quienes no ha llegado el anuncio de las Buenas Nuevas, aún quedan personas que no han tenido la oportunidad de conocer a Jesús resucitado e ignoran el sacrificio de su sangre derramada en la cruz para inutilizar cualquier sacrificio posterior, porque todo quedó consumado en la cruz del calvario (Juan 19:30). La gran comisión nos fue encomendada (Mateo 28:18-20), los que conocemos el amor de Cristo para su pueblo sabemos que sigue siendo una muestra de su amor el concederles a todos los que en él creen, la oportunidad de alcanzar la salvación mediante el perdón de los pecados y la seguridad de la vida eterna (Juan 3:15-16 y 36).
La dramaturga y actriz dominicana Soraya Guillén ha puesto su talento a las órdenes del Creador. Llevará, entre el 12 y el 15 de septiembre, el poder de la predicación al Teatro Monina Solá. Serán cuatro funciones en días seguidos que dejarán plasmadas huellas en los espectadores de cada una de ellas, porque la palabra de Dios nunca regresa vacía de ningún lugar a donde es dirigida. La hora convenida es las 7:00 PM, usted tiene una cita especial con la palabra de Dios en la obra teatral: "Hoy he tocado su manto", de Soraya Guillén. Los milagros de Cristo nunca se han detenido, es asunto nuestro que toda criatura se entere del camino que conduce a la única verdad que tiene esta vida… el amor del Creador.
Temas relacionados: Escudo y adarga; verdad de Dios; Hoy he tocado su manto; Yo soy la zarza; Ruth la moabita; ¿En verdad existe Dios?; Una mujer llamada Esther; Dominicanos, el pueblo de Dios.
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